La historia de la Basílica de San Francisco el Grande es un poco como la misma basílica… enorme, recargada y con una amalgama de artistas, épocas y
estilos difíciles de hilar.
La entrada es un poco abrumadora por la enormidad de su cúpula circular, publicitada como la tercera en tamaño de la cristiandad. Luego si
investigamos un poco es cierto que lo es, tras el Panteón de Agripa y San Pedro del Vaticano, pero pasa a ser la cuarta tras la Santa Maria del Fiore en
Florencia, que es octogonal, no circular. Este enorme tamaño tiene el inconveniente del peso, que se alivia mediante el adelgazamiento del grosor de las
paredes de ladrido, que pasa de tres metros en su base a sólo uno en la parte más alta, coronada por una linterna. Este gran peso también es culpable de
su baja altura comparada con la anteriores iglesias mencionadas.
La visita es guiada, en nuestro caso por un guía muy sincero, que nos fue mostrando primero cada una de las seis capillas laterales, todas coronadas por
su pequeña cúpula y todas decoradas en estilos diferentes siguiendo el eclecticismo histórico de moda en el s.XIX. En la primera está el tan publicitado
cuadro de Goya, una de sus primeras obras en la capital, que le sirvió para entrar en la Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando, mucho antes
de ser pintor de la corte, y en el que se puede ver un autorretrato suyo (algo muy habitual en la pintura religiosa es utilizar rostros de personas comunes,
nobles, mecenas y religiosos). La visita pasa por el altar mayor, con unos impresionantes púlpitos en mármol de Carrara, y luego por la galería que sería
equivalente al deambulatorio, la antesacristía y la sacristía. El recorrido es bastante abrumador, repleto de nombres de pintores y escultores que hoy no
nos suenan a nada pero que en su época tuvieron cierta importancia en incluso en muchos casos fueron pintores de la corona. También que la mayoría
de cuadros, sillerías e imágenes vienen de otros monasterios de la orden que desaparecieron tras la amortización de Mendizábal.
Un follón, vamos.
Los orígenes de la basílica son muy antiguos y la tradición cuenta que san Francisco de Asís descansó aquí, camino de peregrinación a Santiago. Pasó
tiempo en una cabaña, como la que hacían entonces los franciscanos, hecha de tabla con ramas. Posteriormente hubo un pequeño convento de
franciscanos. Ganó en importancia al establecer Felipe II la capital en Madrid, y se convirtió en uno de los edicios religiosos más importantes del Madrid
del Antiguo Régimen, llegando a recibir la custodia de los Santos Lugares conquistados por los cruzados.
En 1760 se decide que hay que renovar el convento y se demuele entero. En la búsqueda de arquitecto primero se elige a Ventura Rodríguez (Capilla del
Palacio Real, fuentes de la Cibeles y Neptuno), pero se desestima y se elige a un fraile, Francisco Cabezas, que nalmente acaba siendo sustituido por
problemas técnicos y la presión de Ventura Rodríguez (¡que mal perder, Ventura!) por Antonio Pló, quien nalmente termina la cúpula. El edicio será
terminado por Sabatini.
En 1808 llega la invasión napoleónica y José I piensa en dedicar el edicio a Salón de Reinos, pero nalmente acaba siendo hospital. Volviendo a su uso
original tras la guerra de independencia.
Poco más que contar hasta la desamortización de Mendizábal en la que desaparece el convento y en su lugar actualmente podemos ver un parque
llamado Dalieda de San Francisco especializado en Dalias. La basílica en cambio se plantea como primer Panteón Nacional de Hombres Ilustres, proyecto
que se desestima a los años y nalmente se materializará de forma bastante fallida en el actual Panteón .
En conclusión, una visita interesante a edicio singular con mucha historia y arquitectónicamente impresionante.
Convento de San Francisco
Cúpula
Una de las vidrieras de la cúpula
Cúpula de una de las capillas
laterales
Escultura de Sto. Tomás por
Benlliure
Cuadro de Goya