Muchos dirán que hemos tardado demasiado en hablar del edificio más representativo de la ciudad, y la verdad es que existen tantas guías y webs que la mencionan que nunca vimos la necesidad de añadir nada más. Pero, más allá de su majestuosidad, y de lo singular de su arquitectura, siempre nos llamó especialmente la atención el solar anexo: qué hubo allí y qué debía haber llegado a construirse.
Resumiendo mucho, la Catedral de Santa Ana no solo es el principal edificio religioso de Las Palmas de Gran Canaria, sino probablemente el más importante de Canarias. Su construcción comenzó en 1497, apenas unas décadas después de la conquista de la isla, y se inauguró inacabada en la fiesta del corpus de 1504. Su finalización se hizo esperar casi cuatro siglos, razón por la que combina estilos tan distintos como el gótico tardío en el interior y el neoclasicismo en el exterior.
Antes de levantarse la catedral existieron varios templos provisionales vinculados al traslado del obispado desde el Rubicón (Lanzarote) a Gran Canaria tras la conquista. La primera sede episcopal estuvo situada en el entorno de San Antón, en el núcleo fundacional del Real de Las Palmas, hasta fijarse definitivamente el emplazamiento actual, junto a la futura Plaza de Santa Ana.
El proyecto inicial suele atribuirse al maestro Diego Montaude, aunque, como ocurre en muchas catedrales europeas, el edificio fue continuado durante siglos por diferentes arquitectos, maestros de obra y canteros. La primera gran fase constructiva, entre finales del siglo XV y el XVI, levantó la estructura gótica interior: tres naves de igual altura, bóvedas nervadas y las características columnas de piedra que recuerdan a palmeras, uno de los rasgos más singulares del templo. Tras siglos de interrupciones por falta de financiación, las obras se retomaron en el XVIII y la monumental fachada neoclásica se completaría ya entre los siglos XIX y XX.
Pero quizá uno de los elementos más curiosos de la Catedral está precisamente a su izquierda, mirando desde la Plaza de Santa Ana: el extraño solar vacío que parece indicar que algo falta.
Se trata de la llamada ala norte inacabada de la Catedral, un espacio que debía formar parte de una ampliación del conjunto, pero que nunca llegó a construirse completamente. Allí todavía pueden verse los grandes muros y cimentaciones de cantería levantados durante las obras impulsadas en el siglo XVIII, cuando se intentó concluir definitivamente el complejo catedralicio. Estas imágenes son del discurso de ingreso en la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel del arquitecto Salvador Fábregas Gil.


Curiosamente, el lado opuesto sí llegó a desarrollarse. En el solar sur de la Catedral se construyeron distintas dependencias anexas vinculadas al funcionamiento del templo, entre ellas el actual Patio de los Naranjos y el espacio que hoy ocupa el Museo Diocesano de Arte Sacro, levantados sobre antiguas huertas, áreas de servicio y dependencias capitulares.
Y aquí surge otra curiosidad: el Patio de los Naranjos no siempre tuvo naranjos. Y es que el origen del nombre responde a la influencia de otro gran conjunto catedralicio español, el célebre Patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla. No nos olvidemos de la influencia de los marineros y colonos sevillanos que con el tiempo se establecieron el barrio de Triana, llamado asi por sus raíces y por la similitud que encontraban con el carácter marinero y la orografía del barrio sevillano.



Sin embargo, lo más interesante está bajo el suelo del ala norte. Las excavaciones arqueológicas realizadas en el solar han sacado a la luz restos de enorme valor histórico que convierten este espacio en una auténtica cápsula del tiempo de los orígenes de la ciudad: antiguas calles, canalizaciones, estructuras domésticas y niveles urbanos del primer Real de Las Palmas, además de restos vinculados al antiguo Hospital e Iglesia de San Martín, una de las primeras instituciones asistenciales de la ciudad, fundada poco después de la conquista.
Paradójicamente, el hecho de que la catedral nunca llegara a completarse permitió conservar parte de estos restos. Si el ala norte se hubiera construido según los planes originales, probablemente buena parte de este patrimonio habría quedado destruido o enterrado para siempre.
De hecho, las interminables obras del templo dejaron huella en el imaginario popular, dando lugar al dicho «esto parece la obra de Santa Ana», utilizado para referirse a algo que nunca termina.






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